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domingo, 14 de agosto de 2011

Orangeine


Orangeine suena como el equivalente victoriano de el TANG. Pero no era una bebida, y en realidad no contienen nada remotamente relacionado con una naranja.

Era una medicina para el dolor de cabeza y un montón de otras dolencias, una cura milagrosa de acuerdo con las letras impresas en los anuncios a finales de 1890 y principios de 1900. También no se sorprenderá al saber que estaba lleno de inútiles e incluso peligrosos componentes.

Orangeine fue hecho por la compañía química Orangeine en Chicago. El ingrediente principal fue la acetanilida que se utiliza como analgésico antes de la aparición de la aspirina, que era similar al paracetamol. Pero, por desgracia este analgésico en particular se hizo con anilina - una sustancia química tóxica utilizada principalmente para la fabricación de colorantes. De acuerdo con la edición de 1912 de panaceas y charlatanería *, Orangeine también contenía cafeína y el bicarbonato de sodio. Curiosamente, el paracetamol y la cafeína se utilizan para contrarrestar la migraña en la actualidad.

Algunos de los anuncios se dirige a las mujeres, en la medida en Orangeine podría ser utilizado, se insinuó con delicadeza, para combatir el dolor menstrual. Se le llamó "Bienaventurada Orangeine" y "Orangeine Celestial", y las mujeres se dice que dependen de él para ayudarles.

Orangeine fue vendido en forma de polvo, como decia un anuncio en 1899 , el polvo era "fácil de llevar, y tomar en cualquier lugar sin cucharilla o" LÍQUIDO ".

Samuel Hopkins Adams escribió en el gran fraude de América (1905) de varias muertes como resultado de tomar Orangeine. Algunas mujeres murieron a causa de tomar polvos orangeine, algunas sobrevivieron, pero palidasy anémicas por su uso prolongado .

La maldad del fraude radica en esto: que mientras que la panacea, en virtud de su contenido acetanilida, adelgaza la sangre, deprime el corazón, y termina por socavar todo el sistema, pretende fortalecer el corazón y producir una mejor sangre.

Por último, ¿por qué se llama Orangeine? Las naranjas eran una delicia y cara en el siglo 19. Para mi abuela, que crecio en Brooklyn en la década de 1890,la naranja de Navidad fue el la única que tenia en todo el año. Las naranjas también se asociaron con un clima cálido, soleado y con buena salud. Todas estas asociaciones serían agradables y positivas - para vender un montón de polvo ORANGEINE.

Es una ironía que Orangeine no era, de hecho, muy bueno para usted en nada.

martes, 12 de julio de 2011

LA MAYOR BATALLA AERONAVAL



EL DOMINGO DE PASCUA, 1º de abril de 1945, día de rogativas y de esperanzas para un mundo en guerra, espejean bajo un cielo sin nubes las aguas del Mar de la China Oriental.

El océano está en calma; resplandeciente el sol. Imprecisas y oscuras asoman en el horizonte las escarpadas costas de Okinawa, la isla que en breve ocupará puesto señalado en la Historia. Para la toma de Okinawa reunieron los Estados Unidos la armada más poderosa que han visto los mares. Arriba de 40 portaaviones, 18 acorazados, 200 cazatorpederos, centenares de transportes, dragaminas, lanchas de desembarco: en total, 1.321 embarcaciones, que llevan tropas de asalto compuestas de 183.000 hombres,navegan internándose en aguas del Japón.

Frente a la isla, y a regular distancia de sus costas, cruza la famosa Escuadra de Operaciones número 58, al mando del almirante “Pete” Mitscher, en tanto que transportes y lanchas de desembarco van dejando en orillas de Okinawa, con casi increíble facilidad, las tropas de asalto. A distancia surgen los fogonazos, seguidos del prolongado retumbar de la artillería de los acorazados. Los aviones bajan en picado, bombardean, tornan aremontarse. Las posiciones japonesas guardan desconcertante silencio.

Un soldado de la infantería estadounidense que acaba de coronar la abombada cima de uno de los cerros de Okinawa se enjuga la frente y murmura:

“He durado más de lo que creía”.

La isla de Okinawa, de unos cien kilómetros de largo por un ancho que varía entre tres y treinta kilómetros, y de configuración semejante a la de un lagarto, es una masa de tierra circuída de arrecifes de coral. Un estrecho istmo une las ásperas y selvosas montañas de la región septentrional, que ocupa las dos terceras partes de la isla, con la región meridional, formada por ondulantes lomas.

En esta región del sur de Okinawa, llena de escarpaduras y barrancos, y en la cual abundan las cuevas calizas, han establecido los japoneses sus principales líneas defensivas. El ataque a Okinawa es lógica consecuencia de la estrategia aliada en el Pacífico. La isla será base para aviones medianos de bombardeo que intensifiquen las incursiones que desde la base de las Marianas hacen los B-29 contra el Japón. Apoderarse de Okinawa permitirá cortar virtualmente todas las líneas de comunicación marítima de los japoneses. Por último,Okinawa presta el punto de apoyo necesario para la invasión de Kiusiu, señalada para el 1º de noviembre.

Conforme a los planes, la toma de Okinawa ha de ser operación “rápida, para efectuarse en un mes o menos”. El servicio de información calcula que el enemigo tenga en la isla 60.000 hombres y 198 piezas de artillería de grueso calibre. Pero Okinawa reserva a los atacantes ruda sorpresa, que no tardará en desvanecer las esperanzas de una pronta victoria. Más de 110.000 hombres de las fuerzas enemigas quedarán en el campo y 7.400 habrán de rendirse; las pérdidas estadounidenses pasarán de 49.000 hombres muertos, heridos o extraviados antes que termine la “última batalla”.

Porque el alto mando japonés ha resuelto defender a Okinawa y emplear el grueso de lasfuerzas aéreas y navales que aún restan al Imperio en aniquilar la escuadra de los Estados Unidos. Para esto último cuenta principalmente el enemigo con los kamikazes, aviones que sus pilotos precipitan en vuelo suicida a fin de que estallen al chocar con el objetivo. No había empezado el desembarco cuando la aterradora amenaza que encierra Okinawa llega hasta la escuadra. Un kamikaze hace blanco en el buque insignia, el “Indianápolis”; otro da en el “Adame”; un torpedo pone al “Murray” fuera de combate; el “Skylark” —curioso nombre éste (“alondra”) para un dragaminas— vuela al chocar con un torpedo fijo. Para el 3 de abril, los resguardados fondeaderos de Kerama Retto están llenos de barcos averiados.

El 6 de abril es día de gran actividad. En tierra, cerca del cerro llamado “el Pináculo”, se ha empeñado recio combate, el primero de la terrible lucha para forzar la línea fortificada de Shuri. En el mar, acorazados y cruceros bombardean las posiciones japonesas, pasando y repasando a lo largo de la costa; aeroplanos de 17 portaaviones “jeep” prestan apoyo a las tropas de tierra y a los buques de superficie. De transportes con tropas y abastecimientosagrupados frente a la isla salen en continua sucesión hombres y pertrechos que, salvando los arrecifes de coral y la resaca, ganan la orilla. Ochenta kilómetros mar adentro, en vastocírculo que ciñe a Okinawa, están los cazatorpederos; los anfibios destinados al salvamentode tripulantes de embarcaciones hundidas por los kamikazes; la línea de vigilancia delradar.

Raya apenas el alba cuando el radar da cuenta de “recios ataques de la, aviación enemiga”.

Nueve aeroplanos japoneses caen en el sector de los transportes, derribados por el fuego antiaéreo. En la tarde de ese mismo día, aeroplanos japoneses llegados de los cuatro puntos del horizonte atruenan el aire con el estrépito de sus motores; son 182 aeroplanos, y efectúan 22 ataques entre la una y las seis de la tarde. Muchos lanzan bombas o torpedos;pero más de una veintena se estrellan en ataques suicidas contra los buques estadounidenses. La mayoría de las unidades blanco de estas embestidas pertenecen a la línea de vigilancia del radar. Un cazatorpedero-dragaminas y dos cazatorpederos se van apique; nueve buques de escolta quedan seriamente averiados, uno de ellos por bombas deprofundidad sujetas a tablas flotantes; un lanchón de desembarco arde “de extremo a extremo”; alcanzados por sendos aviones suicidas, zozobran dos transportes con carga de municiones, uno de los cuales revienta antes de hundirse, en aparatoso y espantable alarde pirotécnico.

Pero las pérdidas infligidas a los japoneses el 6 de abril y en las primeras horas de la mañana del 7 son considerables: casi 400 aviones. De ellos, 300 fueron interceptados en la línea de vigilancia, sin más costo para los estadounidenses que dos aviones. El 7 de abril,entre convulsivos sacudimientos y pirámides de humo que suben en espiral, se hunde el mayor acorazado del mundo, postrer orgullo de la Armada Japonesa, el “Yamato”, que monta cañones de 45,72 cm. Navegaba en demanda de Okinawa cuando los aeroplanos de la Escuadra de Operaciones número 58 acabaron con él. El 11 aparecen entre las nubes los Hijos del Cielo, que vuelven a la carga en gran número. El “Enterprise”, uno de los portaaviones más “batalladores” que hay en la guerra del Pacífico, sale con “averías de consideración” de los ataques de los aviones suicidas, que sólo por una línea dejan de herirlo de lleno; el “Essex” queda también averiado;cazatorpederos y torpederos de escoltaescapan asimismo mal librados de su encuentro con los japoneses.

El 12 fallece el Presidente Roosevelt. En Okinawa la noticia corre velozmente de nido a nido de tiradores, de cubierta de vuelo a torre de combate. Mas no hay tiempo que conceder al sentimiento. En ese mismo día, muchos estadounidenses acompañarán a su Presidente en el viaje a la eternidad. Porque en el claro cielo de la tarde vuelan sobre Okinawa, en 17 ataques sucesivos, 175 aviones japoneses. El “Cassim Young” derriba cuatro, pero un avión suicida lo alcanza a proa, en el cuarto de máquinas. Hay un muerto y 54 heridos. En la noche estalla a pocas brazas del “Jeffers” una granada, que ocasiona un incendio.

Simultáneamente, el recién construído cazatorpederos “M. L. Abele” zozobra al quebrantársele la quilla. Hay seis muertos, 34 heridos y 74 desaparecidos. El enemigo ha hecho blanco en el acorazado “Tennessee”; los compartimientos antitorpedos del “Idaho”están inundados; el proyectil de una batería de costa perfora la coraza del “New Mexico”.

En tierra, la Infantería de Marina, venciendo la escasa resistencia que hace allí el enemigo,ha despejado la parte norte de la isla; pero la infantería de línea, que ataca por el sur, se veatajada por la “defensa de hierro” de los japoneses. La propaganda enemiga arroja a laszanjas de tiradores tendidas frente a la inexpugnable línea de Shuri hojas volantes que dicen: “Debemos expresar nuestro profundo sentimiento por la muerte del Presidente Roosevelt. Esta pérdida agrava la tragedia estadounidense de Okinawa. Como ustedes lo habrán visto, 70 por 100 de sus portaaviones y 73 por 100 de sus acorazados se han ido a pique o han sufrido averías, de lo cual resultan 150.000 bajas. Una poderosa armada estadounidense del fondo del mar, compuesta de 500 barcos, está concentrándose alrededor de esta isla”. El momento, con la ironía japonesa o sin ella, es realmente crítico.

El 17 de abril es otro día adverso.

El enemigo hace blanco en el portaaviones “Intrepid”, hunde un cazatorpederos, causa averías a muchos de los anfibios. El mando estadounidense atiende a la defensa de los puntos más amenazados de la línea de vigilancia del radar, destinando a ellos patrullas de dos cazas, y aumenta la potencia de fuego antiaéreo de los apostaderos, asignándoles un par de torpederos a cada uno. A pesar de esto, el almirante Spruance, al mando de la escuadra, informa al almirante Nimitz, capitán general de la Armada del Pacífico: “La periciay eficacia de los ataques de la aviación suicida enemiga y la proporción de barcos perdidos o averiados son tales, que han de emplearse todos los medios posibles para impedir que continúen. Recomiendo ataques a aeródromos de Kiusiu y Formosa con todos los aviones disponibles”. La aviación estadounidense ataca conforme a lo indicado; llueven con implacable frecuencia bombas y torpedos sobre los aeródromos japoneses.

Pero los kamikazes se hallan convenientemente dispersos y camuflados, y continúan los ataques. El fondeadero de Kerama Retto está atestado de barcos averiados; larga línea de inválidos de la guerra marítima cruza penosamente el Pacífico. Pero también lo surcan, en dirección contraria, rumbo al Oeste, los reemplazos que llevan hombres y acero.

Desvanecidas las esperanzas de una pronta victoria, las fuerzas estadounidenses se aprestan a sostener la prueba de sangre y fuego. Por más de cuarenta días consecutivos — hasta que las malas condiciones atmosféricas dan un breve respiro— no hay día ni noche en que no ataque la aviación enemiga. Dormir es ahora algo con lo que sólo cabe soñar.

Cabecean los artilleros ante el alza; la gente anda nerviosa y malhumorada; los comandantes, macilentos y con ojos enrojecidos por el insomnio. “Magic”, el sistema empleado por la Armada para descifrar los códigos de señales del enemigo, le ha permitidoa la escuadra anunciar cuándo habrá ataques aéreos en grande escala. A veces los altavoces previenen a las dotaciones la noche víspera del ataque.

Mas al cabo hay que cesar de hacerlo. La tensión de la espera, la aterradora perspectiva del ataque, avivada por el recuerdo de lo ocurrido en los anteriores, destroza los nervios y enloquece a muchos hombres.

Pero las defensas japonesas siguen intactas. El 22 de mayo, el general comandante del tercer cuerpo anfibio estadounidense informa que la infantería de marina está enfrentada al fuego de artillería más eficaz hallado hasta ahora en la guerra del Pacífico. Las torrenciales lluvias de primavera convierten en pantanos los campos de Okinawa. Se atascan los tanques. Dominael fango donde quiera. Municiones combustible han de transportarse hasta el frente en vehículos anfibios. Submarinos de bolsillo y botes suicidas colaboran con los kamikazes para hostigar la escuadra. Seguidamente viene el bombardeo de las pistas de vuelo estadounidenses, y tras de ello, desembarcos de tropas transportadas por aire. Cincobombarderos enemigos tratan de llevarlos a cabo.

Cuatro caen derribados; del quinto, que hace un aterrizaje sin ruedas, saltan 10 japonesesque abren fuego contra cuanto les rodea. Antes de quedar tendidos en la pista, acribillados a balazos, han inutilizado siete aviones, averiado otros 26 e incendiado 265.000 litros de gasolina. Enjambres de aviones suicidas atacan nuevamente el 27 de mayo. Los estadounidenses derriban 115 ese día. Pero el cazatorpederos. “Drexler” va a aumentar el número de los que yacen a varias brazas de profundidad, y muchos otros barcos sufren averías. Para fines de mayo, 50.000 hombres —la flor y nata del 32º cuerpo de ejército japonés— quedan sin vida en las brechas de las destrozadas fortificaciones, y el teniente general Mitsuru Ushijima se retira con el resto de sus tropas hacia el Sur, donde intentará la última resistencia, de “espaldas al mar”. La bandera de los Estados Unidos ondea ahora sobre las ruinas del castillo de Shuri, la fortaleza principal de la línea conquistada.

De los muros del castillo, que medían seis metros de espesor, queda sólo una masa de escombros. En derredor de los cráteres abiertos por el bombardeo, sube el inconfundible hedor de los cadáveres en putrefacción. Pero aún no ha terminado la lucha en Okinawa. El 3de junio, 75 kamikazes efectúan 18 ataques. El 4, los elementos alían su furia a la del enemigo: un tifón hace bailar los buques de la armada invasora como cáscaras de nuez en un rabión, destroza la proa del crucero “Pittsburgh”, causa averías al portaaviones “Hornet”y a otros ocho barcos. El 5, los aviones suicidas hacen blanco en el “Mississipi” y en el“Louisville”. De todos modos, se empieza ya a cobrar esperanzas fundadas. Aunque la victoria sonríe ya cercana, muchos morirán antes que se consume, entre ellos los comandantes de las dos fuerzas contendientes.

El teniente general Simón Bolívar Buckner, al mando del 10º Cuerpo de Ejército estadounidense, cae el 18 de junio mortalmente herido por una granada japonesa, y el 21 de junio, el teniente general Ushijima y su jefe de estado mayor, el teniente general IsamuCho, practican la mortal ceremonia del harakiri. Esa misma noche oye el mundo la noticia de que la resistencia de conjunto ha cesado en Okinawa. A la siguiente mañana, a los acordes del himno nacional, la compañía de banderas iza el pabellón de los Estados Unidosen la ensangrentada isla. “Una súbita ráfaga de brisa hizo flamear la bandera sobre el fondo azul del cielo”.Batallas ha habido en las que combatieron ejércitos más numerosos.campañas aéreas más prolongadas.


Pero en Okinawa se desarrolló una lucha de fuerzas combinadas que no tiene igual, ni por su alcance, ni por la ferocidad con que se peleaba en el mar, en la tierra y en el aire, sin dar cuartel y sin pedirlo. Nunca hasta entonces se vio combatir con tal encono aviones contra aviones, buques contra aeroplanos. Nunca hasta entonces sufrió la Armada estadounidense, en tan corto espacio, número tal de pérdidas; y raras veces habrá vertido el ejército estadounidense tanta sangre en tan corto tiempo y entan reducido campo.

Okinawa costó al Japón, más de 110.000 muertos, 16 navíos de línea, entre ellos el “Yamato”; miles de toneladas de barcos mercantes hundidos por las patrullas aéreas; 7.830aviones destruídos y 2.655 perdidos en accidentes de guerra. Los Estados Unidos perdieron 768 aviones, contando los grandes bombarderos de la Fuerza Aérea que se estrellaron enlos aeródromos japoneses. De los 12.281 estadounidenses muertos en Okinawa, 5.000pertenecían a las fuerzas de mar. Los daños sufridos por la armada fueron 36 barcos perdidos y 368 averiados; la parte que en esto correspondió a los kamikazes fue 26 de los primeros y 164 de los segundos. Ninguno de los buques hundidos por el enemigo era declase superior a la de torpedero; de las unidades mayores, todas las que sufrieron averías,salvo un portaaviones escolta, las repararon, por lo general en, plazo breve. Los japoneses no lograron hundir ni un solo portaaviones, acorazado, crucero o transporte.

“La armada que llegó a quedarse” y que hizo posible la toma de Okinawa infligió al enemigo pérdidas mucho mayores que las que éste logró ocasionarle. El terso elogio tributado a los bravos marinos que tripulaban las pequeñas unidades, “... resistieron con valor probado”, es igualmente aplicable a muertos y sobrevivientes de Okinawa. Pero a los valientes barquitosde la línea de vigilancia del radar cabe parte especial en esa gloria. Cayó sobre ellos en proporción abrumadora la destrucción y la muerte; formaron ellos la tenue, heroica y sangrante barrera que impidió a los Hijos del Cielo dominar el Mar de la China Oriental.





lunes, 11 de julio de 2011

El submarino “H. L. Hunley” el colmo de la mala suerte



El consorcio Hunley fabrico un submarino, de 40 pies (12,19 metros) de eslora y nueve tripulantes, ocho para impulsar la hélice y uno para operar los controles y las bombas de agua de los tanques de lastre.


Estaba destinado a atacar los barcos del Norte, que estaban bloqueando los puertos del Sur. El submarino tenía un largo poste (botalón) con una carga explosiva en la proa, llamado «torpedo pértiga». El submarino tenía que acercarse al buque enemigo, ponerle el explosivo, alejarse y entonces detonarlo. Era extremadamente peligroso de operar y no tenía más suministro de aire que el contenido en el compartimiento principal.

El “H. L. Hunley” es llevado por tren a Charleston, donde llega el 12 de agosto de 1863, comenzando las pruebas de inmediato, dentro del mayor secreto y con vigilancia de las tropas confederadas.

El 29 de agosto de 1863, bajo el control de la armada confederada, un grupo de voluntarios bajo el mando del teniente John a. Payne, de la armada, planifican un ataque nocturno a los buques del Norte, pero por un accidente en los controles el submarino se sumerge con la escotilla abierta.

Solamente sobreviven John A. Payne, Charles Hasker y William Robinson, falleciendo Michael Cane, Nicholas Davis, Frank Doyle, John Kelly y Absolum Williams.

A las 72 horas del fatal accidente el general Beauregard, comandante de la defensa de Charleston, ordena recuperar el “H. L. Hunley”, cosa que se logra y se prepara la nave para un segundo ataque, asumiendo, en este caso, Horace L. Hunley, en forma personal, el mando de la misma con un grupo nuevo de voluntarios.

El 15 de octubre de 1863 a la noche parten hacia su objetivo, pero un deficiente cierre de la escotilla lo envía nuevamente al fondo, falleciendo toda su tripulación: Horace L. Hunley, Robert Brookbank, Joseph Patterson, Thomas W. Park, Charles McHugh, Henry Beard, John Marshall y Charles L. Sprague.

Después de reflotar nuevamente al submarino, y de imponerle oficialmente el nombre de “H. L. Hunley”, se prepara una nueva tripulación bajo el comando del teniente George E. Dixon, y luego de varios meses de reparaciones, modificaciones y pruebas, el “H. L. Hunley” se considera listo para atacar nuevamente.

El 17 de febrero de 1864, al mando del teniente George E. Dixon y con Arnold Becker, el cabo J. F. Carlsen, Frank Collins, Lumpkin, Millar, James A. Wicks y Joseph Ridgaway, como tripulantes, inicia la nueva misión de ataque.

El USS “Housatonic” era una corbeta de guerra de la armada unionista, construido en los astilleros de la armada en Boston, siendo botado el 20 de noviembre de 1861, y completado y comisionado por la armada el 29 de agosto de 1862. Desplazaba 1.240 toneladas, su eslora era de 63,00 metros, su manga de 11,60 metros y su calado de 2,60 metros. Buque mixto de vela y vapor, su velocidad era de 9,0 nudos. Su tripulación era de 160 hombres, y estaba armado con 10 cañones.

Partió de Boston el 11 de septiembre de 1862, arribando el 19 a Charleston, donde se incorporó al escuadrón de bloqueo de esta ciudad. Mientras el “Housatonic” se mantenía en su puesto de bloqueo, a las 2100 del 17 de febrero de 1864, el oficial de guardia en el puente señaló un objeto en el agua a 100 yardas, aproximándose al buque. “Parecía un tablón flotando en el agua”, manifestó en su reporte, posteriormente.

A pesar de dar la señal de alarma, escasamente dos minutos después el submarino confederado “H. L. Hunley” encajó su torpedo Spar en la banda de estribor del “Housatonic”, produciendo el rápido hundimiento de la nave. Parte de la tripulación pudo alcanzar dos de los botes, y el resto, a nado, fueron recogidos por los de otras naves que acudieron en su auxilio, con la sola pérdida de dos oficiales y tres marineros.

El “H. L. Hunley” había entrado en la historia como el primer submarino que hundía a un buque enemigo, pero la explosión produjo su pérdida y la de toda su tripulación.

AUDIO EL MISTERIO DEL SUBMARINO H.L. HUNLEY

 







jueves, 9 de junio de 2011

HECHOS INSOLITOS DE LA WWII


UNA CURIOSA CARRERA DE COCHES



Las visitas de Hitler al frente durante la campaña de Polonia se convirtieron en un quebradero de cabeza para Erwin Rommel, el futuro "Zorro del Desierto", que en aquellos momentos era el comandante encargado de coordinar estos viajes del Führer.

A los tres días del inicio de la guerra, Hitler llegó a Polonia en su tren oficial y se dispuso a hacer un recorrido por los lugares en los que se habían producido los primeros enfrentamientos con el ejército polaco. El líder germano se acomodó en su Mercedes y el resto de oficiales se apresuró a encontrar vehículos para seguirle. Al poco rato se había formado una caravana de unos treinta automóviles viajando a gran velocidad por las polvorientas carreteras de la zona.

Rommel no salía de su asombro al comprobar cómo se adelantaban unos a otros, compitiendo por situarse lo más cerca posible del coche de Hitler. El riesgo de estas maniobras era tal que faltó muy poco para que se produjesen varios accidentes. En cuanto el camino era lo suficientemente ancho, los coches se colocaban

uno al lado del otro, acelerando para remontar posiciones antes de que se estrechase de nuevo.



Finalizada la visita, el secretario personal del Führer, , se dirigió con malas maneras a Rommel, haciéndole responsable del vergonzoso espectáculo de que había sido testigo. El prestigioso militar no agachó la cabeza ante el hombre de confianza de Hitler:


- Lo siento, pero yo no soy un maestro de parvulario, ¡encárguese usted de llamarlos al orden! - respondió    orgulloso Rommel.

El 20 de septiembre, el dictador germano regresaba a Polonia para visitar de nuevo los campos de batalla en los que los modernos panzer habían derrotado a la valerosa pero obsoleta caballería polaca.

Rommel no deseaba que se repitiesen las lamentables escenas vividas dos semanas antes, así que dispuso que tras el coche de Hitler se formase una caravana en doble fila. De este modo, sería mayor el número de vehículos que tendrían el privilegio de estar en cabeza de la comitiva y además se evitarían los peligrosos adelantamientos, al ocupar la mayor parte de la calzada.



Pero Rommel fracasó en su desesperado intento de evitar el desorden que se había producido en

la visita anterior. Cuando la caravana llegó a un estrecho puente en el que los vehículos debían pasar de uno en uno, tras el Mercedes de Hitler ya no pudo atravesarlo ninguno más, debido a que nadie estaba dispuesto a permitir el paso del coche que compartía la posición en paralelo. Así pues, al cabo de un rato, el Führer tuvo que ordenar detener su vehículo al observar, sorprendido, que nadie le seguía.

Finalmente, no sin violentos intercambios de insultos y amenazas, los coches fueron pasando de uno en uno y el grupo pudo volver a reunirse. La jornada terminó con la visita a un hospital de campaña, en donde se interesaron por el estado de los soldados heridos.

Al regresar al cuartel general, Rommel tuvo que sufrir de nuevo las diatribas de Bormann, que le dirigió unas palabras muy duras ante varios testigos. No obstante, en esta ocasión Rommel prefirió no realizar ningún comentario, consciente de la inutilidad de discutir con el insolente secretario.







sábado, 26 de marzo de 2011

UN TIPO CON SUERTE



La historia comienza un 24 de marzo de 1944, cuando el 115º Escuadrón aéreo de la RAF se dirigía a Berlín para llevar a cabo una misión de bombardeo. Uno de los aviones que lo integraban era un Lancaster llamado S for Sugar, llevando en sus bodegas las seis toneladas de bombas que tenía que arrojar sobre la capital del Reich. En total, 300 bombarderos pesados se dirigían a Berlín a una altitud de 6.000 metros y a una velocidad cercana a los 400 kilómetros por hora.

El despegue y el trayecto sobre el mar discurrieron sin novedad, pero al aproximarse a la capital germana el panorama cambió bruscamente. Un centenar de cazas de la Luftwaffe salieron al encuentro de la formación de bombarderos. Los reflectores y la artillería antiaérea completaban las defensas alemanas ante el ataque aliado.

En el interior del S for Sugar, todos los tripulantes se dispusieron a afrontar el reto de defenderse de los cazas germanos. La mayor responsabilidad recaía sobre el artillero de cola, en este caso el sargento Nicholas Alkemade, de tan sólo 21 años. Su misión era manejar cuatro ametralladoras de 7,7 mm de las ocho con las que contaba el Lancaster.

Aprisionado en una pequeña cabina de plástico transparente, no disponía de espacio ni para llevar el paracaídas puesto. Si había que escoger un lugar dentro del avión, es posible que ése fuera el menos solicitado. Además de la soledad y la incomodidad que se experimentaba en ese puesto de combate, los aviones alemanes solían iniciar el ataque a los bombarderos por la cola, por lo que el artillero de cola era el primero en recibir la bienvenida.

Berlín ya estaba debajo de ellos. Cada uno de los 300 aviones abrió sus compuertas y las bombas comenzaron a caer sobre el casco antiguo de la capital, la zona que ofrecía mejores condiciones para que las bombas incendiarias encontrasen el combustible necesario para crear una tormenta de fuego. Después de arrojar su carga mortífera y defenderse con éxito de los cazas alemanes, el S for Sugar giró para emprender el camino a casa. La misión estaba cumplida.

Pero un solitario Ju-88 que merodeaba por la zona avistó al confiado Lancaster sobre la medianoche. Sus disparos impactaron en el fuselaje y en la cabina de plástico de Alkemade, pero el joven sargento reaccionó a tiempo y dirigió sus ametralladoras contra el bimotor germano. Una ráfaga logró incendiar el motor izquierdo del Ju-88 y éste cayó en picado. ¡Lo había conseguido!

Alkemade respiró profundamente, aliviado por haberse librado de ese inesperado enemigo, pero de repente le llegó la voz del piloto: "¡Hay que saltar! ¡Vamos, fuera, fuera!"

Mirando hacia atrás, vio que el aparato estaba en llamas. El ataque del avión alemán había incendiado el Lancaster. Moviéndose con dificultad para salir de su cabina, Alkemade intentó alcanzar su paracaídas, pero éste comenzaba a ser pasto de las llamas. ¿Qué podía hacer?

Mientras veía como sus seis compañeros saltaban en paracaídas, él asumió que su final había llegado. El avión comenzaba a caer y él estaba allí, en su interior. El fuego estaba a punto de llegarle. Sentía en su rostro el calor de las llamas... Instintivamente, pensó que lo único que podía hacer era saltar. Al menos, no había duda de que su muerte sería instantánea. Más tarde, confesaría que lo que le animó a lanzarse al vació fue el convencimiento de que "más vale una muerte rápida y limpia que asarse".

Así pues, se tiró boca arriba, mirando al cielo estrellado. En ese momento no experimentó temor ante la muerte cierta que le esperaba, sino de tranquilidad. En las declaraciones que realizó posteriormente aseguró:

"Tuve una sensación parecida a la de acostarme en una nube, tumbado en un colchón muy blando. La verdad es que no tuve la impresión de estar cayendo. Recordé que sólo faltaba una semana para disfrutar de mi permiso y que ya no volvería a ver jamás a mi novia Pearl. De todos modos, pensé que si eso era la muerte, tampoco era tan malo...".

Alkemade ya no recordaba nada más. Perdió el conocimiento debido al cambio brusco de presión. Cuando volvió en sí no tenía ninguna duda; estaba ya en la otra vida.

Abrió los ojos y vio de nuevo el cielo estrellado. Confundido, lo primero que sintió fue frío. Tocó la superficie sobre la que estaba tumbado y comprobó que era nieve blanda. No se lo podía creer.

¿Había sobrevivido al salto al vacío? ¡Eso era imposible! Miró su reloj y marcaba las tres y diez de la madrugada y él estaba allí, sobre la nieve y rodeado de altos y frondosos árboles.

En cuanto recuperó totalmente el conocimiento, intentó buscar una explicación lógica a lo que le había ocurrido. Lo más probable es que cayese sobre las copas de aquellos árboles. Finalmente, la nieve, de medio metro de espesor, le ayudó a amortiguar su caída.

Aún así, el aviador creyó que seguramente tendría algún miembro roto. Comprobó la movilidad de brazos y piernas y tan sólo advirtió una fuerte torcedura en su rodilla derecha que le impedía ponerse de pie. Su cuerpo presentaba ligeras quemaduras por el incendio del Lancaster, además de algunas rozaduras por el fuerte impacto con las ramas de los árboles, pero nada grave.

Había logrado salvar la vida, pero ahora debía plantearse lo que debía hacer. La noche era bastante fría y su traje de aviador no le protegía lo suficiente para permanecer mucho tiempo allí, sobre la nieve. Pensó que la mejor opción era ser capturado como prisionero de guerra, así que sacó su silbato y lo hizo sonar para atraer la atención de los alemanes.

Al cabo de un rato, un grupo de hombres armados aparecieron y lo encontraron allí, fumándose un cigarrillo. Por señas, Alkemade les indicó que había saltado de su avión, pero los alemanes le preguntaron por su paracaídas. Al decirles que se había lanzado sin él, creyeron que les estaba tomando el pelo y que en realidad se trataba de un espía. Al intentar levantarlo, el fuerte dolor que sentía en la rodilla, unido al frío y a las fuertes impresiones que había sufrido, le hicieron perder de nuevo el conocimiento.

Cuando se despertó, se encontraba en la cama de un hospital de Berlín. Los doctores le preguntaron cómo había ido a parar a aquel bosque. Alkemade les respondió la verdad, pero no le creyeron; o bien aquel aviador era un espía, o bien se encontraba bajo los efectos de algún shock temporal que le llevaba a decir aquella incongruencia.

Una vez recuperado, el sargento británico fue conducido al campo de prisioneros de Dalag Luft, cercano a Frankfurt. Allí fue sometido a interrogatorios para que confesase la verdad. Los alemanes estaban convencidos de que se trataba de un agente infiltrado en la retaguardia y el castigo para los espías era la muerte. Pese a las amenazas, Alkemade seguía defendiendo que había sobrevivido a un salto desde 6.000 metros, lo que acabó por desesperar a sus interrogadores.

El británico comenzó a ser consciente de que su vida corría peligro. Sus captores ya estaban cansados de escuchar una y otra vez su increíble versión y no tardarían en mandarlo ante un pelotón de ejecución. Pero la fortuna se alió de nuevo con él; le llegaron noticias de que habían sido hallado el fuselaje del Lancaster.

Si los alemanes querían comprobar si su historia era verdad, tan sólo tenían que ir hasta allí y buscar los restos del paracaídas al lado de la cabina de cola. De todos modos, existía la duda de que el paracaídas se hubiera quemado por completo, pero había que correr ese riesgo. Era la única posibilidad de demostrar que lo que decía era cierto y que, por lo tanto, no era un espía.

Pese a la insistencia de Alkemade, los alemanes se negaron a prestar la más mínima credibilidad a su historia y a acudir a revisar el bombardero. Afortunadamente para él, un teniente llamado Hans Feidel decidió desplazarse a los alrededores de Berlín para inspeccionar el Lancaster. Para su sorpresa, junto a la posición del artillero de cola, ¡estaban los restos de un paracaídas!

Feidel regresó rápidamente a Dalag Luft y allí compararon los correajes del paracaídas con los del traje de vuelo de Alkemade. Ambos coincidían, así que el británico había dicho la verdad. Los técnicos de la Luftwaffe, incrédulos, llevaron a cabo todo tipo de comprobaciones y todas llevaban a un mismo punto; la hazaña del aviador era cierta. A partir de ese momento, los mismos alemanes que habían tratado al sargento como un espía pasaron a considerarle como un héroe.

Sus compañeros de cautiverio, que tampoco le habían otorgado demasiada verosimilitud a la historia, lo convirtieron desde entonces en un mito viviente. Convencidos de que Alkemade, cuando regresase a Gran Bretaña, tendría que enfrentarse a la incredulidad de sus compatriotas, decidieron escribir en las tapas interiores de una Biblia un certificado de que su historia era totalmente cierta:

"Dalag Luft, 25 de abril de 1944".

"Las autoridades alemanas han investigado y comprobado que las declaraciones del argento Alkemade, 1.431.537 de la RAF, son ciertas en todos sus aspectos. Realizó un descenso de 6.000 metros sin paracaídas, al haber ardido en el interior del avión, y llegó a tierra sin sufrir heridas de importancia. Cayó en la nieve despues de amortiguar su caída gracias a unos abetos".

Esta declaración estaba firmada por el teniente H. J. Moore, el sargento R. R. Lamb y el sargento T. A. Jones, que daban fe de su extraordinaria hazaña.

Alkemade regresó a su país en mayo de 1945, concediendo una multitudinaria rueda de prensa en Londres para explicar los pormenores de su insólita experiencia.

Pese a ser un héroe, después de la guerra tuvo que trabajar en una fábrica de productos químicos. Aunque parecía que su regreso a la vida le iba a garantizar una vida más tranquila, la proximidad de la muerte volvió a cruzarse en su camino, pero de nuevo la suerte acudió en su ayuda.

En una ocasión, una viga de acero de más de cien kilos de peso cayó sobre él. Rescataron su cuerpo de debajo de la viga, creyendo que estaba muerto, pero se quedaron perplejos al comprobar que, aunque estaba inconsciente, tan sólo presentaba una pequeña herida en la cabeza de la que se restableció al poco tiempo.

En los años siguientes sufrió otros dos accidentes de trabajo que estuvieron a punto de acabar con su vida. Una vez sufrió quemaduras con ácido sulfúrico, de las que también pudo restablecerse, pero más tarde pasó por otra prueba; recibió una descarga eléctrica que le hizo caer en un depósito de cloro. Allí respiró sus gases durante casi un cuarto de hora, pero fue rescatado a tiempo.

Ninguno de estos tres accidentes pudo segarle la vida. Sin duda, no era nada fácil acabar con alguien capaz de sobrevivir a un salto desde seis kilómetros de altura...

sábado, 26 de febrero de 2011

George Parrot


"George Parrot, también conocido como George Francis Garden, George Manuse, George Curry, Big George y nariz larga, fue un famoso forajido muerto en la horca. Pero no sólo fue famoso por sus grandes fechorías, sino también por ser el único hombre en la historia que se convirtió en un par de zapatos después de su muerte.


Viviendo su particular vida al margen de la ley, este forajido conocido por su gran nariz larga fue un miembro de una banda comandada por un tal Sim Enero, sus fechorías iban encaminadas al al robo de caballos y asalto de trenes.

El 16 de Agosto de 1878 tenían previsto robar el tren de Unión Pacific, mediante la manipulación de las pistas. El plan de la banda era destruir las vías y aguardar escondidos el descarrilamiento del tren. Sin embargo dos miembros del servicio del ferrocarril descubrieron el manipulado sabotaje ferroviario, el capataz cabalgó por delante para detener el tren, mientras el otro intentaba reparar la pista. La banda querían disparar y acabar con los funcionarios, pero Parrot se opuso diciendo que el sólo quería robar, no matar.

Fustrado su plan, los forajidos no podían hacer nada y silenciosamente vieron como la vía fue reparada y el tren de la Unión Pacific pasar sin ningún problema.

Pronto llegó el aviso y dos miembros del ferrocarril persiguieron a la banda a través del Cañon Rattlesnake, en la montaña de Elk, donde Parrot y los suyos en una emboscada mataron a sus perseguidores.
 Después de descubrir los dos muertos, la Unión Pacific Railroad, intensificó sus esfuerzos en el seguimiento de los asesinos ofreciendo una recompensa de 10.000 dólares por su captura, vivos o muertos.

Fue entonces cuando la banda decidió separarse y dirigirse en diferentes direcciones. Nariz larga George Miles se dirigió a la ciudad de Montana,en ella un día se emborracho y comenzó a contar el intento de robo del tren y los asesinatos de los funcionarios, la noticia puso en alerta al sheriff del condado que rápidamente lo detuvo. Las masas deseosas de justicia se preparaban para el linchamiento.

Sin embargo Nariz larga comenzó a abogar por su vida confesando. Se comprometía a decir todo lo que sabía de los asesinatos y del paradero del resto de la banda.

Pero por favor que le dejarán vivir, deseaba ser llevado a Rawlins para un juicio justo. El sheriff salvó a Garret de una muerte segura aceptando las condiciones.

En el juicio celebrado el 15 de Diciembre de 1880, fue declarado culpable ya que el resto de la banda nunca fue detenida sin contar a uno de ellos, Tole Frank que fue asesinado al intentar robar el tren Hills Stage Line.

Parrot fue condenado a ser colgado el 2 de Abril de 1881, sin embargo no tenía previsto ir tan fácilmente a la horca, por lo que el 22 de Marzo trató de escapar, en su intento acabó con la vida de su carcelero Robert Rankin, fracturando el cráneo de un golpe. Pero imprevisiblemente para sus planes apareció la señora Rankin , quien con pistola en mano obligó a nariz larga a volver de nuevo a su celda.

Cuando se dio a conocer la noticia en la ciudad, una multitud enfervorecida irrumpió en la cárcel con una fijación clara en sus mentes de linchamiento, arrastraron a Parrot fuera de la cárcel, para ser atado a un poste de telégrafos, una gran multitud se agolpaba alrededor del forajido, todos con un único propósito, acabar definitivamente con el forajido.

John Osborn
 Big George nariz larga, murió por fin ahorcado. El cuerpo permaneció varias horas colgado.

Al no ser reclamado el cadáver por ningún familiar, los médicos Maghee Thomas y John Osborn, decidieron tomar posesión del cuerpo con el fin de estudiar el cerebro para determinar la razón de su comportamiento criminal.


Decidieron cerrar la tapa del cráneo, una vez examinada, no encontraron diferencia alguna con el cerebro de un hombre de bien.




Aunque en la época estos experimentos entraban dentro de la ética médica, pronto estos dos doctores despertaron sospechas por sus actividades extrañas
El Doctor Osborn moldeó una mascara con el rostro de la muerte de Parrot utilizando yeso, la mascara carecía de orejas, ya que Parrot las perdió en su lucha asfixiante con la soga.

A continuación extrajo toda la piel de los muslos y del pecho, para ser enviado a una tenería en Denver con unas instrucciones muy exactas.



Utilizar la piel de George Francis Garden para hacer de él, un par de zapatos y una bolsa de medicina. Los zapatos indudablemente fueron utilizados por el doctor Osborn.

El resto del cuerpo, se mantuvo en un barril de Whisky y sal alrededor de un año. Para luego ser enterrado en el patio de atrás de la casa de Osborn. A pesar de las rarezas del alocado doctor, fue elegido gobernador del estado de Wyoming, para luego convertirse en secretario de estado, del mismísimo presidente Wilson."