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jueves, 19 de mayo de 2011

Sir Tim O'Theo



Sir Tim O’Theo es uno de los mejores personajes de la factoría Bruguera, creación de Joan Rafart Roldán, Raf (1928-1997). Se trata de un lord británico a la antigua usanza, que habita un pequeño pueblo cercano a Londres (Bellotha Village), y se dedica en sus horas libres (que son todas) a desentrañar casos detectivescos, pipa en ristre, al mejor estilo de Sherlock Holmes. Con la ventaja de que todas las situaciones son humorísticas, como corresponde a las revistas donde se publicó (Mortadelo, Súper Pulgarcito...) y a su prolífico autor, que desparramó su obra entre todas las publicaciones cómicas imaginables (desde el mismísimo TBO, en el que firmaba Roldán, hasta Matarratos, donde firmó como Dino, o El Jueves).

Aunque “Sir Timoteo Archibaldo O’Theo, de los O’Theo de Belfast (Irlanda)” nació en 1970, podemos encontrar un precedente similar en la obra de Rafart: Sherlock Gómez (1957). Su primera aparición fue como personaje secundario en la serie de Raf Campeonio, publicada en Gran Pulgarcito. De ahí saltó a protagonizar sus propias aventuras en su sucesora, Súper Pulgarcito. comenzando con historietas seriadas, que continuaban cada semana. Luego acompañó durante años a Mortadelo en la revista del mismo nombre, y acabó su vida de personaje de historieta en 1985, cuando Ibáñez, Segura y el propio Raf crearon la revista Guai! para la Editorial Grijalbo. En esta última, Raf incluyó un nuevo personaje, Mirlowe, que no dejaba de ser una continuación de Sir Tim, en este caso parodiando al Marlowe de Raymond Chandler que inmortalizó Bogart en El sueño eterno. Los trazos y las caracterizaciones de esta época son mucho más libres y grotescos, mostrando el desencorsetamiento propio de la agonía de la editorial Bruguera, por un lado, y el deseo de mostrarse sin directrices en su nueva andadura, por otro.

El universo de personajes retratados en esta serie es riquísimo y lleno de matices, que demuestran el cariño del autor por su creación y la vasta cultura con la que contaba. Lo mismo podemos decir de los otros dos escritores acreditados en sus guiones: el mismísimo Andreu Martín, autor de novela negra barcelonés, y un tal Ron Clark, del que no tenemos otra noticia posterior, a no ser que se trate del escritor humorístico que aparece como coautor en los libretos de filmes como “La venganza de la Pantera Rosa” (1978), de Blake Edwards, o “Qué asco de vida” (1991), de Mel Brooks.

Comenzando por el propio protagonista, vamos a hacer un repaso por los caracteres de estas historietas.

Sir Tim es un aristócrata muy rico, tacaño, sagaz detective amateur, entrado en años. Su expresión recurrente es “¡Elemental”. En su mocedad, fue capitán de lanceros bengalíes en Trestristestigris (más o menos en la India). Habita una lujosa mansión: The Chims (Las Chimeneas). Fuma permanentemente en pipa, y sufre ataques de gota. Posee un Rolls, que es el coche más antiguo del poblado. Se caracteriza por resolver todos los casos que se le presentan. Es también aficionado a las ciencias ocultas.

Patson, criado fiel del Sir (nombre completo: Patrick Patson), hace todas las tareas de la casa: chófer, fregona, cocinero, jardinero... El sueldo que tiene asignado es de risa, suponiendo que lo recibiera. Tiene miedo de los fantasmas y cualquier fenómeno relacionado. Siempre paga (nunca se sabe muy bien con qué dinero) las cervezas que se toma Sir Tim... y las del resto. En ocasiones, es él mismo quien resuelve los casos.

Blops es el sargento de policía de la villa. Soltero, gordinflón, con mostacho, muy tarugo, devoto de la cerveza negra y de las novelas de temas extraterrestres. Lleva 30 años de servicio, sin resolver un solo caso. Todos se los pisa Sir Tim, al cual tiene mucha manía, porque además recibe las condecoraciones de Scotland Yard que él codicia sin resultado alguno.

Pitts es un agente de policía esmirriado, a las órdenes de Blops. Es, como éste, soltero y medio tontaina. Mientras su jefe se dedica a sus dos grandes ocupaciones, Pitts suele salir solo a hacer su ronda callejera. Más le vale, porque cuando tiene cerca de Blops recibe siempre una buena patada en el trasero, con cualquier excusa.

Huggins es el dueño y camarero de la taberna (y posada) que está enfrente justo del cuartelillo, The crazy bird. Los personajes se refieren a este lugar como “El ave turuta”, “El pájaro tontaina”, “El pajarraco loco”, “El pájaro tonto”, "El pájaro demente", "El pájaro chiflado", "El ave chiflada", "El pájaro turulato", etc. El cartel anunciador del bar incluye un pajarraco que cobra animación e incluso llega a pensar. Sir Tim suele jugar allí a los dardos. Ni que decir tiene que es el lugar donde todos los hombres del pueblo se toman sus buenas pintas de cerveza negra.

Mac Latha es el fantasma que habita la mansión de Sir Tim. Patson cree que su amo está loco, puesto que el Sir es el único que puede ver a Mac Latha. La labor encomendada a este fantasma es asustar a Sir Tim, pero nunca lo consigue. Eso, sí le resulta muy molesto: le lanza jarrones a la cabeza, le pone la zancadilla o le toca la gaita escocesa. Teme que le cesen en su trabajo de fantasma si no consigue su cometido.

La lista es interminable. De la fértil imaginación de Raf y sus colaboradores surgió todo un elenco de caracterizaciones que seguiría con Bert, el Burgomaestre (alcalde, bastante pequeñito) y su malhumorada esposa; Lady Filstrup (nombre completo: Lady Margaret Filstrup), dama enjoyada que pretende al Sir; su mayordomo fantasma Perkins; Mac Rhácano, con su tienda de empeños; el Coronel Jones, oficial retirado; Mac Gillicudy, el inventor; el capitán Keyasaben y el teniente Nosey, los policías del New Scotland Yard (cuartel general de Londres); Marmota, el perro de The Chims; Chy Watto, el confidente de Sir Tim; el doctor Pottingham; el rico Lord Moneyfull; O’Karie, el dentista; Pinter, el pintor; Posting, el cartero; Red Mendón, el zapatero; la hermana de Pitts y su compañera del Ejército de Salvación; o Foody, el criador de cerdos. Además de The Repaper, el periódico local; Remoney Bank, el banco; Flauting Town, el pueblo de al lado; Turuting Center, el manicomio...



viernes, 13 de mayo de 2011

Pepe Gotera y Otilio



Nacimiento


1966 es el año de arranque de nuestra pareja de chapuceros. Nacen en un momento de especial inspiración, en el que su creador ya ha desarrollado su estilo definitivo y por tanto sus nuevas creaciones gozan ya de todos los adelantos narrativos y expresivos del autor; Desde el principio sus historietas disfrutan del movimiento continuo que ya impera en todas las creaciones de su autor a partir de esa fecha, coincidente con la cuarta etapa de Mortadelo y Filemón.


Paginas dobles, dobles páginas

Desde su nacimiento, en Tio Vivo 269 y hasta el nº 321, la historieta ocupa la doble página central del semanario, con la particularidad de que no hay división y la lectura se extiende de izquierda a derecha y de arriba abajo sin solución de continuidad. Esta práctica extraña (pero común a otras series ilustres tales como las aventureras El Capitán Trueno y El Jabato) se abandona en 1967 para adoptar la ya clásica división en dos páginas que acompañará por siempre a los chapuzas a domicilio en las revistas standard. Permanecen en Tío Vivo hasta su número 607 (Octubre del 72) y desde la semana siguiente lucirán desde la portada en DDT 276 y en las páginas interiores hasta el cierre, en DDT 550, siendo las últimas historietas ya de autoría apócrifa.


Serie Dual

Sigue el esquema tan querido por su autor de sustentar las peripecias sobre dos personajes: el jefe, tiránico y holgazán, deja en manos de su ayudante el grueso del trabajo, mientras pasa la mañana en el bar o tumbado a la bartola; regresando sólo para comprobar el resultado y pasar factura, pero encontrandose invariablemente con un estropicio ocasionado por el bienintencionado e incompetente Otilio y a tiempo de ser perseguido por el damnificado cliente mientras él persigue a su vez al ayudante que no comprende lo que pasa. Con cada nueva historieta, el proceso se repite, como si los protagonistas no fueran conscientes del cúmulo de chapuzas de la semana anterior, como si se limitaran a interpretar eternamente el mismo papel en la comedia que Ibáñez ha urdido para ellos.


La glotoneria como forma de vida

Por si la estupidez e incompetencia de Otilio no fueran suficientes, su tendencia a los excesos con la comida redondean su personalidad. Los gags iniciales de cada historieta están relacionados con la voracidad del ayudante, creando secuencias verdaderamente delirantes, pasadas siempre por el tamiz de la exageración propia de su creador.


Persecuciones sin fin

Los finales característicos de la Escuela Bruguera se convierten en norma en las agitadas peripecias de nuestros entrañables chapuzas, que siempre terminan corriendo delante de los clientes, con la variante de la persecución de Otilio por Pepe Gotera, a causa de los desastres ocasionados por el primero en cada historieta.


Ilustres invitados

Para que quede claro que todos sus personajes se mueven en el mismo universo, de tanto en tanto se producen breves apariciones de otras creaciones del autor en una práctica iniciada en la segunda mitad de los años sesenta. Cuando se requiere de unos investigadores para dar con el paradero de los fugados Pepe Gotera y Otilio, ahí están Mortadelo y Filemón (el primero literalmente ejerciendo de sabueso, para rastrear mejor la pista); si resulta conveniente el comentario de un corto de vista para rematar irónicamente una escena de persecución, ahí está siempre Rompetechos, agazapado en una esquina de la última viñeta para expresarnos su versión deformada de la realidad.

Ases de la chapuza

El quid de la cuestión, el meollo del asunto se encuentra en los encargos cotidianos que reciben. Con su inconsciencia intacta episodio tras episodio, se atreven con todo: arreglar un carrito de bebé, limpiar de malas hierbas un jardín o levantar un tabique. Cualquier excusa es válida para desatar su incompetencia y dejar tras de sí un rosario de catástrofes surtidas. El eficaz método de Ibáñez consiste en ir acumulando gags tras gags en un crescendo a menudo violento y a un ritmo vertiginoso.




Albumes de Olé

En 1971, los Ases Chapuceros están en la cumbre de su popularidad. Quizá por ello son elegidos para iniciar la nueva colección en rústica que presentará una selección de aventuras de los más destacados personajes de Bruguera en volúmenes de 80 páginas en color y tapa blanda. La marca de la casa será la recopilación desordenada de las historietas. Al citado volúmen 1, Chapuzas a domicilio, seguirán los números 8 (Trabajitos finos), 22 (Chapuceros de vía estrecha), 31 (Destrozos de artesanía), 50 (Catástrofes surtidas), 60 (Manitas para el oficio), 78 (Expertos en cualquier cosa), 82 (Una pareja de alivio), 85 (Ases de la chapuza) y en el 109 (Combinado de risas) forman un triunvirato del humor junto a Sacarino y Rompetechos.


Seriales

Como en Mortadelo y Filemón al principio de la década de los setenta, En Pepe Gotera y Otilio se sigue la estrategia del episodio seriado semanalmente con páginas dobles numeradas de la A a la D que iran conformando breves ciclos sobre un mismo tema: una apisonadora, una tuerca, una cortadora de cesped, colocar el marco de una ventana…para posteriormente ser recogidos en álbumes en tapa dura de Ases del humor y Alegres historietas. Algunos títulos: Un, dos, tres…chapuzas otra vez, Chapuzas a go-go, ¡Aquí se arregla todo!, En Abril, chapuzas mil, Campeones de la risa, El club de las chapuzas. También serán recopiladas en Olé mezcladas con páginas de distintas épocas.


Apócrifos

Al igual que el resto de personajes de Ibáñez, tampoco los chapuzas se libraron de las historietas realizadas por un equipo de dibujantes y guionistas. Gran parte de los años setenta y ochenta son apócrifos, tanto en historietas cortas con que nutrir las revistas semanales (realizadas preferentemente por Martínez Osete) o los seriales del Bruguera Equip para los especiales: El castillo de los Pelhamcudy, Gran Hotel. Ya en Ediciones B, el mismo equipo firmaría Operación: Disneylandia, serializada en los 7 primeros números de la revista Superlópez.


Regreso con honores

Ya sin serie propia (las apariciones de los personajes se limitan a reediciones continuas del material clásico), los chapuzas se integran puntualmente en una gran aventura conjunta con Mortadelo y Filemón y Rompetechos: El quinto Centenario (1992), álbum de los detectives de inmejorable factura y grato recuerdo. Esta ha sido hasta la fecha la última aparición datada de los personajes, quedamos a la espera de que el creador los retome en alguna nueva historieta, pues, como acostumbra a decir en sus declaraciones: “siguen tan frescos como siempre”. Pues ya sabe, maestro, queda pendiente la recuperación de sus entrañables arreglalotodo.


Ediciones actuales

Aunque a gran distancia de Mortadelo y Filemón, Pepe Gotera y Otilio han tenido siquiera una mínima representación en las sucesivas ediciones llevadas a cabo por B, la actual propietaria de los derechos, así como por ediciones puntuales de otras editoriales o a través de licencias para coleccionables de diarios españoles. En los años 80 Ediciones Bruch dedicó dos gruesos tomos de su colección Gran festival del cómic a nuestros entrañables Chapuzas; Han continuado presentes en la colección Olé varios (Dos currantes delirantes) y Magos del humor (Campeones de la risa), y han formado parte de antologias como Grandes del humor (1997), El mejor Ibáñez (1999), Francisco Ibáñez y Olé (2001), Super Cómics (2003) o Las mejores historietas del cómic español (2005).








viernes, 29 de abril de 2011

La familia Cebolleta




El dibujante y guionista Manuel Vázquez aportó creaciones innumerables y variadísimas a la historia del tebeo humorístico español. Una de las series más reconocidas fue La familia Cebolleta, de larga trayectoria y gran calado en varias generaciones de lectores.


La primera aparición en público de La familia Cebolleta se dio en las páginas de El DDT, en 1951, constituyendo la gran aportación de Vázquez a la historieta española de la década, sólo dos años después de crear Las hermanas Gilda, su otra serie estrella de la época. A lo largo de su dilatada historia, el aspecto de los personajes se modificó sensiblemente, acompañando al cambio de estilo de su autor, que fue modernizándose hasta alcanzar una sencilla madurez expresiva a finales de los años 70, tras los que Vázquez no volvió a dibujarlos.

Esta creación continúa la tradición historietística española de reflejar las andanzas de los miembros de una familia, como ya ocurría con La familia Ulises, de Joaquín Buigas y Marino Benejam, que apareció en el TBO en 1944, y La familia Pepe, de Juan García Iranzo (1947), esta última publicada en el Pulgarcito de la editorial Bruguera, donde también colaboraba Manuel Vázquez.


En este caso se trata de un grupo integrado por el cabeza de familia, Rosendo Cebolleta, calvo, con bigote y pajarita; su esposa, el ama de casa Leonor (antes, Laura); su pequeño hijo Diógenes, que cambiará radicalmente su aspecto, de calvito con gafas a travieso rubio; y Jeremías, un loro parlanchín algo cínico, que como el José Carioca (1942) de Disney, no se separa de su cigarro puro. También forma parte de la familia (y aparece en contadas ocasiones) una hija mayor, Pocholita o Lolita, ejemplo de dibujo de joven atractiva de la editorial Bruguera.

Pero sobre todo, destaca por su personalidad el recordado abuelo Cebolleta, padre de Leonor, con barba, bufanda, bastón y un pie vendado, cuyo único afán es relatar sus supuestas peripecias en batallas del pasado. Como es bien sabido, el tiempo que ocupa el anciano en hablar de sus hazañas se alarga hasta el infinito, y todos a su alrededor intentan escabullirse como pueden del torrente de palabras.

Con ser ése el recurso humorístico más recordado de la serie, ésta no se agota aquí. De hecho, y sobre todo en sus últimos años, el verdadero y muchas veces único protagonista es Rosendo, que siempre tiene problemas con su jefe en la oficina donde ejerce su trabajo administrativo (y perfecciona su afición por las pajaritas y los aviones de papel). Otra característica continuada es la casi nula interdependencia entre los miembros de la familia, que van cada uno por su lado, y que cuando se relacionan es para que surja un conflicto. Una diferencia clara respecto a otras creaciones similares, en especial La familia Ulises, que solían compartir en grupo sus desventuras.


La puesta en solfa de una de las sacrosantas instituciones del franquismo (familia, municipio, sindicato) es ciertamente leve; aunque el carácter iconoclasta del autor puede hacer ver la cuestión desde el otro lado: llegaba hasta donde la dictadura le permitía.

Tanto la burla de la familia como la de las condiciones draconianas de trabajo se suavizaron a partir del recrudecimiento de la censura en 1955. La atractiva hija mayor apareció por última vez en 1956, muy probablemente debido a estas circunstancias.











martes, 19 de abril de 2011

Los señores de Alcorcón y el holgazán de Pepón



Roberto Segura, uno de los grandes de Bruguera, de cuya pluma salieron Rigoberto Picaporte, solterón de mucho porte, La panda, Los señores de Alcorcón… y otros ilustres personajes, se unió a la editorial Bruguera en la década de los sesenta, junto con Ibáñez (Pepe Gotera y Otilio) o Raf (Sir Tim O´Theo). Precisamente, los tres, abandonaron esta casa para crear, en 1986, la revista “Guai!” bajo la tutela de la editorial Bruguera.


Si Rigoberto Picaporte, el “solterón de mucho porte” era la versión masculina de las vazquianas hermanas Gilda, el hombre casado de Los señores de Alcorcón y el holgazán de Pepón era la continuación lógica de esos personajes a la hora de cambiar de estado civil. Seguía siendo un segundón social, un trabajador incansable de cuyo sueldo dependían las emergentes letras que en la sociedad del desarrollo ahogaban al cabeza de familia –“el”, no “la”, amiguitos: estamos en los albores del segundo tramo del siglo XX y en una sociedad aún carpetovetónica y por mucho tiempo machista- en pos del acomodo tecnológico al que nos aboca la sociedad consumista.

El matrimonio tradicional –los eternos novios que al fin logran edificar su nidito de amor bendecido tras su paso por la vicaría-, compuesto por un tipo responsable, apolítico, ciudadano de orden y algo mayor que su santa; mujer, ésta, voluptuosa, ama de casa y algo tontaina, que, en vista de que el sexo era censurado en aquella sociedad –y más aún en los tebeos para chavales-, no tenían hijos, pero adoptaban al hermano tarugo e indolente de la muchacha, la faz tiznada del espíritu trabajador del españolito medio y figura con la que el malicioso Vázquez habría hecho buenas migas. Y aunque Segura no era el malicioso don Manuel, éste otro dibujante preguntaba a sus jóvenes lectores: “¿qué futuro preferís? Hoy ya sabemos a quién escogieron, de entre los dos monigotes, los niños espabilados y consentidos de aquellas generaciones.

Ahora tenemos las versiones mejoradas del holgazán de Pepón. Se trata, más bien, de los vástagos del matrimonio Alcorcón: niños rubitos, a la imagen de su madre, con barba rala en lugar del bigote paterno, pero con la pachorra de su tío. Adultos que leían aquellas tiras o chavales que no las conocen, pero que, al igual que sus hermanos mayores, truecan en cómodo sofá familiar la inaccesible vivienda hipotecada y en paga-sablazo lo que hace décadas sólo habrían logrado deslomándose con el pluriempleo –ahora, sólo pluritemporal-. El vago de Pepón era algo más que una carga familiar adquirida con la parte mala de los votos matrimoniales (casarse con una muchacha más joven y guapa que tú debía, y debe, de tener sus inconvenientes): se trataba de la premonición de un futuro que se conocería por la generación de Peter Pan: “jóvenes, aunque sobradamente preparados”… para encerrarse en la burbuja tecnológica, engañar al “Sistema” y vivir en eterna “promoción canapé”.

Revistas de tendencias del prestigio de Dazed & Confused han dedicado sus páginas al estudio de esta corriente, bautizándola como la era del “dude power” –“el poder del… colega”. Un realizador norteamericano, incluso, ha forjado un corpus cinematográfico con dos películas de desigual resultado en taquilla –pero que, mire usted por donde, la industria de Hollywood se avino a financiar, pensando en un público de gustos afines a sus personajes de…. ficción?-:Colega, ¿dónde está mi coche? y Dos colgaos muy fumaos. Habrá que decir, en honor a nuestro vago patrio, que el no era más inteligente que las parejas de merluzos –“Merluzo”: ¡qué gran insulto sacado de los bocadillos de Bruguera!- que protagonizan ambos títulos, pero sí que, al menos, resultaba un listillo… Eso lo aprendieron Jorge Iglesias y el humorista gráfico Mauro Entrialgo con sus no menos aprovechados, pero más espabilados, protagonistas de Gente Pez, película con pronta secuela…

Otra de las vertientes desde las que se pueden estudiar estas viñetas es la de la concepción del entorno familiar. Si bien es cierto que aún quedaban lustros para concebir los hogares monoparentales auspiciados por la primera ley del divorcio, el aporte de los cónyuges (de la esposa, en este caso) no es el de la sufrida abuela de Cuéntame cómo pasó o el abuelo de Manolito gafotas, sino un elemento mucho más joven –y subversivo- que se sitúa como electrón extranuclear de la familia. Más allá de la contraposición de caracteres entre Pepón y su cuñado, encontramos una referencia a la idea de familia como algo sagrado a preservar, incluso por encima de la desfachatez de la oveja negra a la que permitir, no ya regresar, sino permanecer en el redil.

Si bien la familia, como un valor sobre el que hacer meditar al chaval que lee esos tebeos resulta un tema tan recurrente como imprescindible en las publicaciones dirigidas a infantes y preadolescentes en continua lucha generacional con los adultos, los pretextos que Bruguera utiliza para explotar las posibilidades de ese escenario son variadas: desde el caos de los Trapisonda y los Cebolleta, hasta la disciplina de zapatillapaternal que usaba don Pantuflo con sus gemelos, pasando por el descaro de la pizpireta Lily y su implacable lógica de adolescente, la vida marginal del clan de los Churumbel o la complicidad, a veces traicionada, entre las hermanas Gilda. Parece que la editorial o, aún mejor, sus autores, mostraban antes que aleccionar; buscaban la caricatura, cariñosa o mordaz, pero venían a reírse con sus lectores de aquella vieja máxima de que a “la familia, al contrario que los amigos, no se la escoge”.

Las familias Bruguera, de este modo, componen un grupo imposible, de gentes que no se entienden, se molestan -aún sin querer- en el reducido espacio del hogar –¿de alquiler?-, desprecian el salto generacional, el individualismo, … Cabe pensar, si acaso, que las actitudes autoritarias de algunos cabezas de familia frente a la respondona prole son un ardid con el que los guionistas y dibujantes de aquél entonces se desquitaban con los mandamases de medio pelo que poblaban el franquismo institucionalizado como una actitud de intransigencia natural antes que una obligación adquirida de los tiempos que corrían.

En lo que no parecemos albergar duda alguna es que durante décadas, los niños de Bruguera vimos la realidad desde una perspectiva tan crítica como lisérgica. Los chavales de los sesenta y setenta, en particular, disfrutamos de un campo de experimentación sobre papel que no todos han seguido, pero al que aún recordamos cuando nos sumergimos en las sátiras de “El Jueves” –allí acabó sus días, por ejemplo, Raf- o cuando nuestros sobrinitos abren las páginas de la filial adolescente de la veterana revista humorística, “Mr. K”. ¿Escribirán ellos sobre esa experiencia cuando les encarguen unas páginas para una hipotética continuación a largo plazo de esta web? Si Marvel y DC les dejan…

fuente .Carlos E. Gracia

lunes, 11 de abril de 2011

La Abuelita Paz




La Abuelita Paz, como las Hermanas Gilda, era una señora de clase media, de derechas, moralmente aceptable. Al contrario que las Gilda, interesadas en ascender socialmente del grado de solteronas, incluso a costa de pisarse los novios, la septuagenaria se sabía ya con el arroz pasado y no aspiraba a otra cosa que al peripatetismo.

Pero, como la ancianita propietaria de Piolín/Tweety en los “cartoons” de la Warner, escondía una vena sádica, muy propia de las virtuosas damas de zapato negro de medio tacón, vestido de volantes en el cuello y gafas de tropecientas dioptrías, que –en la realidad, pertrechadas con velos, y misales-, cuchicheaban de sus vecinos, señalaban con el dedo y marcaban el camino recto de lo que era justo y necesario –según el párroco de turno-. Quien esto suscribe, al menos, y ya desde el niño lector de aquellas tiras que fui, se niega a creer que otros motivos más inocentes moviesen a tan pérfida anciana rebotada de los tiempos del charlestón. La Abuelita Paz, a buen seguro, ya era “una abuelita de antes de la guerra” cuando aún los rubores de la primavera atacaban sus juveniles mofletes –porque, la Paz, estaba rellenita y lucía moño, rasgos físicos adquiridos con el paso de muuuchos años.

Y, así, este personaje –cuya adaptación cinematográfica no debería desdeñar el “freaky”Tim Burton- cumplía todas las directrices que provocaban la comicidad en las tiras de la época: persona piadosa que no necesitaba denunciar a nadie porque la fortuna le ponía en bandeja de plata fastidiarles los planes inmediatos, y a quienes hacía caer de espaldas fuera del campo de la viñeta, no sin antes hacerles rabiar a base de bien.

En sus tiras, el surrealismo estaba de su parte y esos pequeños ácratas a quienes tanto apreciaba Vázquezrecibían un merecido (?) castigo a sus actos. Podría ser que el historietista pergeñase aquellas páginas sosteniendo el lápiz con la otra mano o reflejando el folio en un espejo… Quizás, incluso, pronunciando el nombre de su personaje tres veces seguidas mientras miraba por encima de su hombro, a manera de mefistofélico conjuro.



¿Qué queda hoy de esa tierna ancianita dispuesta a redefinir el término “tercera edad” como arma de destrucción minoritariamente… a/efectiva? Eche, querido lector, un vistazo a su comunidad –o, en su defecto, a las vecinas que idearon Álex de la Iglesia en su película y José Luis Moreno en su exitosa serie de televisión- e igual descubre en sus hechuras un monstruo del Infierno dispuesto, bondadosamente, a sacarnos de nuestras casillas en el más terrenal de los purgatorios…



Anacleto, agente secreto




Anacleto, agente secreto, parodia de James Bond y de la larga lista de detectives de moda en los sesenta, fue una de las mejores series publicadas por Bruguera en sus revistas infantiles. Haciendo gala de una habilidad pasmosa para mantener el tipo en las situaciones más embarazosas, sorteando miles de peligros con su permanente cigarrillo en la boca, acababa solucionando los casos inverosímiles que le encomendaba su jefe, con el que no se llevaba muy bien (una de las características más representativas de la serie son las continuas marcas en su mejilla de bofetadas de su superior).


Esta estructura de agente secreto que ha de solucionar, por encargo de su organización, asuntos relacionados con la delincuencia, y que le llevan a pasar vicisitudes cómicas, es un claro precedente de la etapa de Mortadelo y Filemón cuando abandonan su Agencia de información y se incorporan a la T.I.A. en 1969.

El autor, Manuel Vázquez, introduce en esta serie elementos de absurdo, rompiendo con las encorsetadas convenciones del cómic al uso, jugando con los marcos de las viñetas o estableciendo conexiones entre el personaje y el lector. La inverosimilitud es una de las mejores bazas, llegando Anacleto a quebrantar la ley de la gravedad cuando cae por una ventana a la calle, etc.

Una de las primeras series que publicó Manuel Vázquez se titulaba Anacleto Pandehigo, en la revista Pulgarcito de 1948. Fue la primera ocasión en la que empleó este nombre.

Pero ya en 1965 apareció nuestro agente, primero también en Pulgarcito y luego en múltiples revistas de la casa (Din Dan, DDT, Gran Pulgarcito, Súper Pulgarcito, Mortadelo...). En 1971 se le hizo su primer libro monográfico, en la colección en cartoné Ases del humor, al que siguieron otros en esta misma colección y en la más modesta Olé.

Anacleto es el personaje más importante de todos cuantos creó Vázquez, desde el punto de vista de la calidad: moderno, personalísimo, súper ingenioso. Quizás Las Hermanas Gilda o La familia Cebolleta queden más grabadas en el imaginario popular, pero con Anacleto su autor llegó a las más altas cimas.


Lamentablemente, Anacleto tampoco se libró, debido a su gran éxito, de las versiones apócrifas. Durante mucho tiempo, el dibujante Sanchís y otros se encargaron de dar vida al agente, tanto en historietas como en portadas, por supuesto con mucha menos gracia que el autor original.

Uno de los escenarios más recurrentes en las historietas de Anacleto es el desierto. Allí llega para solucionar sus casos, casi siempre a pie, y se encuentra con inopinadas peripecias.


Otro personaje habitual es el tiburón, que le persigue sin descanso para devorarlo cuando tiene que hacer alguna travesía a nado por el mar. No hace falta decir que no se lo zampa nunca, aunque en una ocasión Anacleto ha de disputar medio cuerpo propio con el escualo. A veces una explosión o un accidente lleva a Anacleto hasta el cielo, donde lo vemos muerto en forma de ángel. No hay situación con la que Vázquez no cuente para desplegar su humor descacharrante.

La aparición de Anacleto en las páginas de las revistas de Bruguera fue continua desde 1967 -pasando por la época gloriosa de mayor refinamiento estilístico, alrededor de 1970- hasta 1978.
Vázquez, que renegaba habitualmente de toda su producción, sin embargo guardaba un huequecito en su corazón para Anacleto, por el que sí decía sentir “un cariño especial” aunque “se lo fastidiaban”: cuando hacía algún gag que mereciera la pena, se lo apropiaban “otros”.


Siguiendo con la costumbre del autor, que llegó a hacer una serie sobre sí mismo, Vázquez no se libra de aparecer en las historietas de Anacleto. En este caso, se trata del “malvado Vázquez”, contra el que tiene que luchar el agente para evitar que acapare todas las reservas mundiales de bicarbonato. La trasposición de la personalidad el autor a sus historietas seguía evidenciándose en la despreocupación como modo de vida de su personaje, y hasta en su afición por las mujeres, solapada en esas páginas infantiles, pero no ocultada por completo (hecho único en la producción de esa época).


En 1982, Vázquez disocia el nombre de su agente favorito para crear, en la revista Jauja, Los casos de Ana y Cleto, luego también llamados Tita y Nic, para la publicación Garibolo (1986). En 1995 aparece Anacleto dibujado por Vázquez en un fanzine de Granada (Espuma, número 5), en una escena de cama con las mismísimas Hermanas Gilda.

domingo, 10 de abril de 2011

13 Rue del Percebe

El 6 de marzo de 1961 en la segunda etapa de Tio Vivo aparece por primera vez en su contraportada la obra de un joven Ibañez de 25 años.

Se trata de 13 Rue del Percebe, un título que según contaba hace algunos años Vicente Palomares, director de varias publicaciones de Bruguera, fue inspirado por la película de suspense político 13 Rue Madeleine (1946), dirigida por Henry Hathaway y protagonizada por James Cagney.





Existe también un cómic francés de título similar: 13 Rue de l´Espoir, con dibujos del gran Paul Gillon y guiones de los hermanos Jacques y François Gall.

Esta serie, publicada entre 1959 y 1972 en las páginas del periódico France Soir, es una historieta costumbrista y romántica que nos muestra el ambiente urbano francés de los años 60.




 

 
La primera vez que contemplamos una página de 13 Rue del Percebe ya sabemos que no se trata de una historieta normal. Cada entrega es en realidad un conjunto de chistes protagonizados por los inquilinos de un edificio al que se ha retirado la fachada para que podamos acceder a sus intimidades.

Conocemos varias páginas publicadas anteriormente con una estructura similar, aunque en ningún caso llegaron a constituir una serie prolongada en el tiempo. Ya a principios del siglo XX el dibujante Joaquim Xaudaró publicó una página titulada Una casa en Nochebuena, que Jesús Cuadrado reproduce en su Diccionario de Uso de la Historieta Española (1973-1996) y que supone el más lejano precedente de la serie que nos ocupa.



Más cercana en el tiempo y más parecida en su aspecto a 13 Rue del Percebe es la página que Manuel Vázquez firmó en el Almanaque para 1959 de la revista Pulgarcito, con el título Un día en Villa Pulgarcito. En ella aparecían los principales personajes de la revista ocupando los pisos de un edificio. Probablemente pensaba en esta página su autor cuando declaró en 1993, durante una entrevista al fanzine Amaniaco, que la idea de 13 Rue del Percebe había sido suya. Sólo un año después de la historieta de Vázquez, encontramos otra página similar del dibujante Iñigo en la contraportada del Almanaque para 1960 de la revista Sissi, titulada Esperan con ilusión... la hora del "Reveillon”.




Un año después, en el Almanaque de Tío Vivo para 1961, Segura retrató la celebración navideña en los distintos pisos de un edificio. Ibáñez realizó algunas variaciones sobre la misma idea, dibujando a los personajes de Pulgarcito en los compartimentos de una nave espacial (en el Almanaque para 1960) o en los de un submarino (en el Extra de Verano de 1961). Casi todos estos precedentes aparecen en fechas navideñas, como historietas “especiales”. A Francisco Ibáñez debemos el mérito de convertir lo especial en cotidiano, al crear una serie que ofrecía cada semana un nuevo repertorio de chistes en torno a la misma comunidad de vecinos.